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El año 2010 tuvo el número de homicidios más bajo de los últimos 24 años en Colombia al registrarse 15 mil 459 casos, según reveló el Ministro de Defensa, Rodrigo Rivera. Sí, descienden los asesinatos en las principales ciudades pero aumentan el robo, el atraco a mano armada, el asalto a residencias y establecimientos comerciales.
La criminalidad callejera va por estos días hacia las nubes, como los precios de la canasta familiar. Y nos preocupa profundamente que se deteriore la seguridad ciudadana en todos los estratos sociales de la población y que a la mayoría de los hechos delincuenciales estén vinculados jóvenes entre los 14 y 19 años de edad.
Durante la primera “Toma de Ciudades” del 2011, las autoridades capturaron a 2.391 delincuentes comunes, 8 integrantes de bandas criminales y 4 miembros de grupos terroristas. En los operativos, que contaron con la participación de más de 70 mil uniformados fueron incautados 218 revólveres, 114 escopetas, 87 pistolas y 5 fusiles de asalto. Las intervenciones se cumplieron en la vía pública, establecimientos nocturnos, residencias, plazas de mercado, talleres y bodegas localizadas en ciudades como Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Cartagena, Pereira, Villavicencio y Bucaramanga. El panorama nacional frente a la delincuencia común es particularmente inquietante, como lo es la criminalidad asociada a peligrosas organizaciones apoyadas por un alto número de hombres y mujeres jóvenes, muchos de ellos profesionales, sofisticados arsenales, la infiltración a la autoridad legítima, el narcotráfico con países desarrollados, el microtráfico interno, la prostitución, la extorsión y la alianza con grupos terroristas. Pero me referiré rápidamente a lo que más atemoriza a la ciudadanía: el raponazo a plena luz del día, el expendio de drogas al pie de colegios y universidades, el robo de celulares a pistola limpia a cualquier hora, el fleteo a la salida de los bancos, el asalto a residencias y negocios. Barranquilla es uno de los principales centros urbanos del país más afectado con estas modalidades delictivas, entre otras que nos hacen andar llenos de pánico día tras día. Desafortunadamente casi todos los actores de estos delitos se movilizan en motocicletas, razón por la cual apoyo y aplaudo las medidas que acaba de adoptar la administración distrital de Barranquilla para restringir el uso de tales vehículos en la ciudad y su Área Metropolitana. Pero creo que esa es apenas una parte de la intervención que se requiere. El resto de la tarea corresponde a una mayor efectividad y eficiencia en el comportamiento policial, más labores de inteligencia contra pequeñas bandas y pandillas de barrio, más dotación de la fuerza pública en materia de telecomunicaciones y radiopatrullas, incremento del pie de fuerza, retenes permanentes a las entradas y salidas de la ciudad e incluso por localidades urbanas, así como el reforzamiento de la vigilancia con la cooperación del Ejército en las calles. Me parece que la Alcaldía de Barranquilla y la Gobernación del Atlántico no pueden seguir en una desagradable confrontación por los recursos de la Tasa de Servicios Públicos para la Seguridad Ciudadana, sino más bien aunar todos los esfuerzos institucionales y logísticos para derrotar la delincuencia común y el crimen organizado. Comparto la necesidad que plantea la Asamblea Departamental del Atlántico de estudiar a fondo la inversión de los recursos de esa tasa y respeto el fuero de los concejales de Barranquilla al crear el Fondo Cuenta de Seguridad, pero por encima de cualquier interés de los entes territoriales en cuestión está el interés público, el de los ciudadanos que desean ver traducido el aporte de sus dineros en una mayor tranquilidad urbana. Confiamos en que los gobernantes cumplan con la misión que le imponen la Constitución y las leyes, mientras vemos unos sectores políticos comprometidos con la institucionalidad y una fuerza pública ejerciendo su tarea en todos los ámbitos de la vida citadina. Sin descanso y sin permitir que la delincuencia gane más terreno con el paso de los días. Ni Barranquilla ni ninguna otra ciudad del país pueden seguir viviendo bajo el imperio de una inseguridad que tiene desesperados, angustiados y alarmados a los ciudadanos.
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