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Hemos escuchado con insistencia en los últimos meses el llamado de Colombia a la comunidad internacional para replantear la lucha antidrogas e incluso en más de un foro de talla mundial se oyen voces a favor y en contra de la legalización.
El asunto trasciende las fronteras de la simple represión al cultivo, recolección, procesamiento, embarque, transporte y comercialización de sustancias ilícitas que alteran el comportamiento humano y generan multimillonarias ganancias a sus promotores que a su vez montan grandes escuelas criminales para el sicariato, la trata de personas, el lavado de dinero y la corrupción de ciertas agencias del Estado.
Para nadie es un secreto el descomunal daño que el narcotráfico y su asociación con grupos de la subversión le han hecho al país. Han cubierto de sangre y dolor gran parte del territorio nacional, asesinando incluso a nuestros mejores hombres en un equivocado afán por acumular riqueza y violentar el ordenamiento legal y constitucional.
Las series televisivas que actualmente se muestran en los canales privados de televisión, son una elocuente prueba de los millares de colombianos que decidieron prestar servicio en la delincuencia, antes que sudar el pan del día a día.
En este contexto es mucho lo que hay que debatir respecto de las causas y los orígenes de un fenómeno que hace rato se nos salió de las manos y que no puede darse por terminado únicamente a la luz de la captura, extradición o muerte de los nuevos capos o de sus reemplazos, que se reproducen más rápidamente que la droga decomisada.
Miles y miles de millones de dólares se han ido en la lucha contra el narcotráfico y es fácilmente demostrable que el esfuerzo de varias décadas se consolida en gráficos sobre destrucción de cultivos, narcos capturados, dólares confiscados, importante cooperación internacional y capos abatidos.
Pero ahí no concluye todo. Lo más grave de esto es la cultura que se ha fomentado alrededor del narcotráfico y sus delitos conexos al ser notorio el declive del comercio exterior de la droga.
Al estar cada vez más restringidos los mercados norteamericanos, europeos y asiáticos para la exportación de drogas ilegales, tenemos en Colombia la aparición de las denominadas bandas criminales, Bacrim, que se vienen especializando en hacer crecer el consumo interno de alucinógenos, fomentar la extorsión urbana, formar a jovencitos en el sicariato, cultivar la prostitución y crear un clima de zozobra que no hace excepciones en las principales ciudades del país.
Todas las fuentes delincuenciales derivan unos resultados económicos, pero el cupo que más se pelean hoy las bandas criminales es el del microtráfico que ya se metió a nuestras casas e invade sin piedad las aceras de colegios, parques, cines, bares, tabernas y discotecas de zonas citadinas y rurales. Ese es para ellos el gran negocio, ante el debilitamiento de la exportación de drogas.
Por eso celebro la decisión y determinación adoptada por el Comité Distrital de Orden Público, que presidido por la Alcaldesa Elsa Noguera declaró al microtráfico como el enemigo público número uno a derrotar. Esfuerzo y compromiso que respaldo y aplaudo y que invito a que sea multiplicado por otros alcaldes y gobernadores del país. La juventud que aún puede salvase de la garra criminal lo agradecerá profundamente. Por favor visite www.josedavidname.com o escríbame a
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Publicado en La Libertad 29 de octubre de 2012
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