Diciembre es el mes más apropiado del año para dejar atrás las diferencias, las exclusiones, los egoismos, los celos, las envidias y los odios; en fin, lo ideal es hacer a un lado esas pasiones y sentimientos que nos alejan del prójimo, envilecen nuestro espíritu, ausentan el amor y sepultan la esperanza. Hoy, debemos abrir nuestros corazones a la reconciliación y al servicio desinteresado a los demás. Es un imperativo nacional. Es la hora de volver a ser iluminados para vivir en paz y por fuera de aquellas prácticas malsanas que nos sumergen en los infiernos de la injusticia social y la inequidad, amén de arrebatarnos inmisericordemente la belleza del don divino más preciado: la vida. Estoy lejos de ser una persona trascendental pero, desde hace algunos años, me gusta aprovechar esta época para reflexionar un poco más allá de lo acostumbrado. Es sano para la actividad profesional que ejerzo como político desde el Senado de la República, enriquezco igualmente mi vida familiar y puedo compartir con mis innumerables lectores mensajes cargados de cierta espiritualidad.
Creo que muchos podemos estar de acuerdo cuando pensamos que diciembre es un mes realmente particular porque su luz se destaca dentro de todas las demás épocas. El día soleado es de una plenitud hermosa y, en lugar de fastidiarnos, nos llena de diversas emociones, porque el paisaje tanto urbano como rural se hace más exquisito y sublime, nos lleva al reposo y a la alegría en un vaivén de sensaciones interiores que jamás nos cansan. La noche es llena de estrellas y se galantea con una enorme luna llena que nos motiva a entregarnos a la concordia y a la tranquilidad. La brisa, el agitar de árboles, las rutinas vacacionales de niños y adolescentes que terminan con éxitos sus estudios y el afán de renovar nuestros sueños y declararle el estado de sitio a la tristeza, llenan el mes de diciembre de una magia muy propia. Para mi diciembre es una auténtica bendición de Dios no sólo por nuestro periódico reencuentro con el nacimiento de Jesucristo y la llegada del nuevo año, sino por la posibilidad que nos brinda de pensar en lo que hicimos, lo que estamos haciendo y lo que podemos hacer. Diciembre es el mes de los balances, positivos o negativos, pero balances al fin y al cabo que nos abren una hoja de ruta para que evaluemos fortalezas y debilidades y nos hagamos más fuertes en unas y eliminemos las otras. Como país, como región, como departamentos, como distritos, como municipios y como seres humanos, tenemos un sinnúmero de fortalezas y debilidades, de ilusiones y desilusiones, de esperanzas y desesperanzas. Y, también, estamos enfrentados a uno de los conflictos sociales más punzantes de América Latina, alimentado día a día por una demencial violencia originada en la lucha guerrillera que se mezcla para su financiamiento con los dineros ensangrentados del narcotráfico. Pero no es sólo la narco-guerrilla la que nos amenaza la paz, también la colocan en alto riesgo quienes viven pensando en socavar las arcas del erario público para su beneficio personal. El conflicto narco-guerrillero, hoy atenuado por los golpes que le ha propinado la política de seguridad democrática del Presidente Álvaro Uribe Vélez, hace que los hermanos se enfrenten a muerte, que poblaciones enteras sean desplazadas, que la riqueza agropecuaria sea sustituida por las minas antipersona, que el hambre se apodere de millares de inocentes y que la devastación sea el saldo fatal del fuego cruzado. Pero igual daño mortal provocan aquellos hombres y mujeres que se arropan con las banderas de la corrupción para robarse los dineros de la salud y la educación. Quien deja a un niño sin escuela o a un hospital sin medicina causa un problema igual o peor al del estallido de una granada en medio de una procesión de santo patrono popular. Empuñar las armas para matarnos unos a otros y entronizarnos en los establecimientos públicos para arrasar con los recursos de la inversión social, son dos males que superan todos los adjetivos posibles en el intento de describir su singular onda expansiva. El conflicto armado debe llegar a su punto final en Colombia y la corrupción debe ser erradicada a como de lugar. Ambos fenómenos nos están llevando por el despeñadero y es hora de que desaparezcan. Por eso, quiero invitarlos a que aprovechemos la tradicional fiesta de velitas para que al tiempo que le rendimos homenaje a la Virgen de la Inmaculada Concepción, abramos nuestra mente y nuestro espíritu a la iluminación divina. Hagamos que se enciendan las velas, las lámparas, los faroles y los mechones, para que Colombia se irradie con la luz de la reconciliación y la doblegación de los espíritus corruptos. En nombre de la Inmaculada Concepción, hagamos votos por la paz de Colombia y el exterminio de la corrupción. Feliz noche de velitas y a celebrar en paz y sin promover la tragedia. Columna del Senador José David Name Cardozo, publicada en el diario La Libertad .
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