La latente amenaza de un “super Niño” para el próximo semestre vuelve a evidenciar la vulnerabilidad del agro colombiano, incapaz de resistir una sequía prolongada. La ausencia de lluvias durante varios meses podría desencadenar una situación crítica para la producción agrícola y ganadera, con graves repercusiones en la seguridad alimentaria del país. Es así que actuar con anticipación, activar protocolos preventivos y darle un viraje al sector, no solo resulta necesario, sino urgente, para mitigar los impactos, proteger a los productores y evitar que la crisis climática se traduzca en una emergencia económica y social de mayor escala.
Décadas de sequías inclementes nos han dejado una herida abierta: ecosistemas afectados y un campo que se queda sin aliento. Sin embargo, lo más doloroso es ver cómo la falta de lluvias golpea siempre a los mismos. Para departamentos como La Guajira y el Chocó, que ya cargan con una crisis sistémica de hambre y olvido, un fenómeno de El Niño extremo es una sentencia de vulnerabilidad absoluta. No hablamos solo de temperaturas altas, sino de vidas en riesgo por la falta de agua y comida.
El Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) y el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible ya le pusieron fecha y porcentaje al riesgo: hay un 90% de probabilidad de que el fenómeno de El Niño golpee en septiembre de 2026. Pasamos de las simples alertas a un hecho casi inevitable. No hay margen para más diagnósticos; lo que necesitamos ahora es coordinación y ejecución inmediata antes de que el clima nos gane la partida.
En el caso del agro, la escasa tecnificación, el limitado acceso a sistemas de riego eficientes y la baja cobertura de seguros agrícolas mantienen expuestos a los pequeños y medianos productores durante las temporadas de escasez de lluvias. A esto se suma la débil gestión institucional y la implementación tardía o insuficiente de medidas preventivas en los territorios. Los planes de contingencia suelen ser frágiles, la inversión en infraestructura hídrica es limitada y la articulación entre entidades resulta deficiente, lo que termina agravando los impactos. En lugar de anticiparse, la respuesta suele centrarse en la atención de emergencias, una estrategia que no solo llega tarde, sino que además resulta más costosa y menos efectiva a largo plazo.
Las cifras de Corficolombiana son una advertencia que no se puede ignorar: productos básicos como la yuca, el fique y la leche podrían desplomarse en su rendimiento hasta en un 12%. Pero el problema no termina ahí. La SAC advierte que desde el café hasta el aguacate, casi nada se salva si el agua falta, afectando tanto a cultivos de ciclo corto como a los permanentes. Como bien señala el exministro Andrés Valencia, el foco está en las cosechas de fin de año. Si no se puede fertilizar por falta de humedad, no solo perderemos la producción de café o maíz, sino que comprometeremos la productividad del suelo a largo plazo.
Este escenario nos obliga, una vez más, a cuestionar el modelo bajo el que estamos produciendo. No podemos seguir apostándole a prácticas que agotan el agua o arrasan con el bosque, porque esa es precisamente la ruta que nos hace más frágiles ante el clima. El reto es que el campo dé un salto hacia la sostenibilidad. Debemos migrar de la agricultura tradicional que desgasta, a una que sea autosuficiente, que cuide el suelo y que sea capaz de blindarse ante los extremos climáticos protegiendo el agua y los ecosistemas.
Hay que dejar atrás la improvisación e impulsar una transición hacia sistemas que no solo aguanten el golpe, sino que puedan adaptarse. Tenemos la oportunidad de rediseñar nuestro agro para que sea más diverso, fuerte y capaz de convivir con la nueva realidad climática. No se trata solo de sobrevivir al próximo fenómeno de El Niño, sino de construir un modelo que garantice el futuro del campo colombiano.