EL LUTO QUE NO DEBERÍA REPETIRSE

miércoles, 29 de abril de 2026 a las 07:00 AM Columnas

Este fin de semana no solo nos deja el doloroso saldo de 21 víctimas mortales; nos deja la confirmación de un fracaso colectivo. Lo ocurrido en el Valle del Cauca y el Cauca no es un hecho aislado, sino la prueba de que el conflicto armado, lejos de desaparecer, está devorando territorios que ya conocen de sobra el abandono y la crueldad. Es la crónica de una tragedia anunciada que se repite, ante la mirada impotente del resto del país.

Es imposible no sentir rabia y tristeza ante la barbarie que hoy nos enluta. Mi solidaridad absoluta está con las familias que hoy despiden a sus seres queridos; a ellas les envío un abrazo en medio de este vacío irreparable. Colombia no aguanta más: es un insulto a la dignidad humana que se sigan cegando vidas de esta manera tan cobarde y miserable.

El atentado terrorista de este sábado en la vía Panamericana, a la altura de Cajibío, que lleva la marca de las disidencias de 'Iván Mordisco', terminó de derrumbar la fachada de la 'Paz Total'. Este ataque contra la población civil no es un hecho aislado; estamos ante un retroceso evidente, donde la ciudadanía sigue poniendo los muertos mientras la promesa de paz se desdibuja frente a la realidad de un conflicto que no da tregua.

El terror ha vuelto a imponerse como ley en los territorios. Los grupos armados nos han dejado claro que la reconciliación no les interesa; su único objetivo es el control total, y para lograrlo usan todo el repertorio del horror: desde masacres y secuestros hasta ataques con drones contra la población. Mientras el Gobierno insistía en las mesas de diálogo, ellos solo estaban ganando tiempo. Las señales de que estaban jugando sucio siempre estuvieron ahí, a la vista de todos, pero fueron convenientemente ignoradas.

Los grupos armados han aprovechado las concesiones de la política de la 'Paz Total' para expandirse y tecnificarse, mientras que nuestra Fuerza Pública sigue operando con las herramientas de siempre. Esta desigualdad es, en el fondo, una confesión de derrota: en muchas regiones, la institucionalidad ha dejado de existir simplemente porque los criminales nos superan en capacidad y respuesta. Es un mensaje claro de que estamos perdiendo la batalla por el territorio.

El retroceso en seguridad que vivimos hoy es el resultado de un camino equivocado donde se ha cedido demasiado a quienes solo entienden el lenguaje de la violencia. El costo de la fallida política de paz es devastador: la gente ya no confía y los criminales, lejos de replegarse, se sienten más dueños que nunca del territorio.

No podemos seguir permitiendo que el Estado retroceda mientras el terror avanza. La respuesta frente a esta violencia no puede ser otra que una ofensiva decidida para retomar el control territorial. No necesitamos más diagnósticos, necesitamos autoridad. La población civil no puede seguir pagando el precio de nuestra falta de determinación; es hora de que la institucionalidad recupere su lugar y ponga freno a esta crisis.

La vida y la seguridad son los pilares de nuestra convivencia, y no están sujetos a negociación. No podemos permitir que la barbarie nos acostumbre al luto. Necesitamos un Estado que recupere su autoridad y una sociedad que se mantenga en bloque, firme junto a su Fuerza Pública. La solución no es solo militar, pero requiere de un Estado fuerte y de una ciudadanía unida, respaldando a quienes nos protegen. La violencia nos ha quitado mucho, pero no nos va a ganar.