A VOTAR CON AMOR POR COLOMBIA

miércoles, 17 de junio de 2026 a las 07:00 AM Columnas

Este domingo volvemos a las urnas, y con ello, a la oportunidad de reivindicar la democracia como lo que realmente es: una celebración ciudadana que debe vivirse sin miedo y en plena libertad. Más allá de las fracturas políticas que hoy nos dividen, el fondo sigue siendo el mismo: la urgencia de encontrarnos en un propósito común para construir esa Colombia de oportunidades, justicia y progreso que tanto nos debemos.

El histórico repunte de votantes en la primera vuelta no alcanza para ocultar nuestro problema de fondo: el abstencionismo sigue siendo el rival a vencer. Las cifras de la Registraduría son claras: votó el 57,88 % de los ciudadanos aptos (casi 24 millones de personas). Es un síntoma saludable de que el país se está movilizando, pero también es un recordatorio de que una porción enorme de Colombia todavía decide ver el futuro del país desde la barrera.

La salud de nuestra democracia se mide en las urnas, y la única forma de blindarla es votando a conciencia, sin presiones y con total libertad. De cara a una segunda vuelta crucial, donde el país elegirá entre visiones tan opuestas como las de Abelardo de la Espriella (Defensores de la Patria) e Iván Cepeda (Pacto Histórico), el verdadero desafío de la ciudadanía es romper el techo de cristal y superar la histórica participación de la primera jornada.

La urgencia por conquistar indecisos metió a los candidatos en una espiral de ataques que solo profundiza la polarización. Es una lástima que el debate programático haya quedado relegado por el show de las ofensas. Más allá del espectáculo emocional y la confrontación de tarima, los ciudadanos tenemos la obligación de mirar con lupa las propuestas reales. Al fin y al cabo, el futuro del país se define con argumentos y soluciones, no con insultos.

Las discrepancias políticas son el oxígeno de cualquier democracia, pero jamás deberían ser la excusa para dinamitar la convivencia. Cuando la plaza pública se convierte en un coliseo donde el único fin es la aniquilación del contrario, la sociedad entera sale derrotada. Los problemas urgentes del país —desde la falta de empleo hasta el acceso a una salud digna— no se solucionan alimentando odios cotidianos, sino arrastrando el lápiz para negociar consensos. Colombia no necesita más muros ideológicos ni más gritos de tarima; exige argumentos, sensatez y la madurez necesaria para entender que el futuro se construye con el otro, no contra el otro.

La jornada electoral de este 21 de junio nos convoca a actuar con altura, serenidad y madurez política. Más allá de los resultados, el veredicto de las urnas debe asumirse como la expresión legítima de la voluntad ciudadana. Este día debe servir para sanar las fracturas que dejó el debate público, no para ahondar en divisiones que fracturen nuestra convivencia. Votar respetando la diferencia es el paso definitivo para reconstruir la confianza y el tejido social. Respaldar las instituciones y el sistema electoral colombiano, que ha demostrado ser confiable a pesar de sus aspectos por mejorar, es la única vía para garantizar que el poder emane verdaderamente del pueblo y de las normas que nos integran como nación.

Al final, el rumbo del país se decide por quienes asumen la tarea de elegir. Las urnas son el escenario perfecto para sacudirnos la pereza civil y derrotar al abstencionismo, el eterno ganador silencioso. La consigna para este domingo es clara, sin rodeos y con el norte puesto en la unión: votar con amor por Colombia.